Traducción con texto paralelo sobre los Efectos políticos del idioma español en los Estados Unidos
Efectos políticos del idioma español en los Estados
Unidos: experimentos de encuesta y análisis demográfico.
Estudio
del 2014 en Comunicación Política que usa experimentos de encuesta y análisis
de votantes para mostrar las diferentes respuestas políticas hacia el español
entre demócratas y republicanos.
El
regreso a clases de millones de niños estadounidenses puede asumir un
significado particular este otoño, ya que se espera que la minoría de
estudiantes forme parte de la mayoría en las escuelas públicas de EE.UU. por
primera vez. Tal hito resalta importantes desafíos de política pública,
incluyendo la persistente brecha de logros para la minoría de estudiantes y
aquellos que tienen el inglés como segunda lengua, y la discriminación que
muchos enfrentan.
Si
bien los niños hispanos y asiáticos nacidos en EE.UU. Constituyen la mayor
parte del crecimiento, son parte de un cambio más amplio en los Estados Unidos
hacia ser una nación mayoritariamente minoritaria. Pero, ¿cómo dichos cambios
influencian las opiniones y actitudes públicas?, ¿crean ellos una amenaza
percibida entre los estadounidenses blancos, endureciendo las actitudes hacia
los inmigrantes y las minorías? o, ¿una mayor interacción entre los grupos
tiene el potencial para incrementar la tolerancia? Los científicos sociales han
estado trabajando para estudiar estas preguntas de manera más precisa, probando
cómo el idioma español en sí mismo puede adquirir connotaciones políticas e
incluso experimentar con ensayos controlados aleatorios en situaciones
cotidianas.
Un
estudio de 2014 "Un idioma, dos significados: partidismo y respuestas al
español", publicado en Comunicación Política, examina si las actitudes
inmigrantes reflejan posiciones partidistas, o si son uno de los raros
problemas “fáciles” donde las experiencias personales pueden desorganizar las
actitudes que se tenían previamente (una versión preliminar del documento
también está disponible).El autor, Daniel Hopkins de la Universidad de
Georgetown, primero lleva a cabo experimentos que miden cómo las actitudes de
los republicanos y demócratas hacia las minorías cambian cuando están expuestos
a una breve señal relacionada con la inmigración: el idioma español
(aproximadamente 1.700 blancos no hispanos participaron en los experimentos). A
dos series de participantes se le mostraron un clip de noticias sobre la
inmigración con una narración que fue manipulada para ser en inglés fluido,
inglés acentuado o en español; todos los videos tenían subtítulos en inglés.
Posteriormente, se le pidió a los espectadores que respondieran a una encuesta
que incluía la pregunta: “¿Apoya usted o se opone a una política nacional que
permita a los inmigrantes ilegales que ya viven en EE.UU durante varios años,
permanecer en este país de forma permanente y obtener la ciudadanía
estadounidense?”.
La
segunda parte del documento analizó los resultados de las elecciones a nivel de
vecindario de la Proposición 227 de California, una iniciativa electoral de
1998 que propuso restringir la educación bilingüe. Aquí, Hopkins comparó si los
votantes que vivían en las zonas donde los materiales de la votación se
proporcionaron en español, así como en inglés, votaron de manera diferente que
aquellos que vivían en áreas donde solo se usaba el inglés en el centro de
votación.
Los resultados del estudio muestran:
·
Para las pruebas de la
encuesta, la mayor parte de los encuestados republicanos que se opusieron
firmemente al camino propuesto para la ciudadanía, provino del grupo que
escuchó la voz en español. La diferencia en la fuerte oposición entre los que
habían oído español y los que habían oído alguna forma de inglés fue de 6,3
puntos porcentuales la primera vez que se realizó el experimento y 5,8 puntos
porcentuales la segunda vez.
·
Para los demócratas, no
se encontró una diferencia tan significativa. En la primera ronda del
experimento, los demócratas que escucharon la narrativa en español tenían solo
2,5 puntos porcentuales más de probabilidades de oponerse firmemente a un
camino hacia la ciudadanía, y la segunda vez, la oposición fuerte en realidad
disminuyó en 1,4 puntos porcentuales para aquellos que habían escuchado
español.
·
Estos resultados se
mantuvieron incluso cuando se controlan factores como la educación, los
ingresos y la frecuencia con la que los encuestados escuchan español en su vida
diaria.
·
Al votar sobre la
Proposición 227 de California, cuantos más republicanos hubiera en un
vecindario, mayor sería el impacto de los materiales de votación en español, en
la probabilidad de que la gente votaría para restringir la educación bilingüe.
Pasando de un área con un 16,7% de republicanos registrados a un 69,0% aumentó
el efecto de los materiales en español en 2,7 puntos porcentuales.
·
Al igual que con las
respuestas a la encuesta, no hubo un vínculo consistente en los vecindarios de
tendencia democrática entre la presencia del español en los centros de votación
y cómo la gente votaba.
En
conjunto, los resultados indican que el español se ha convertido en un símbolo
politizado, provocando diferentes respuestas entre los blancos no hispanos
según su afiliación partidista.
Por lo
tanto, la inmigración parece ser una cuestión política típica, y "en la
medida en que las respuestas de los estadounidenses a otras señales
relacionadas con la inmigración reflejan sus respuestas al español, es poco
probable que la inmigración reordene el partidismo existente de muchos
estadounidenses."
Lo que
no está claro de estos experimentos es la psicología que impulsa estas
respuestas. Otras investigaciones pueden ayudar a determinar si el vínculo
entre la respuesta de los pueblos al español, su partidismo y actitudes hacia
la inmigración es directo, o si está influenciado por temas relacionados como
las actitudes hacia los latinos o cuestiones de identidad nacional.
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Percepciones
y actitudes en torno a la lengua española en Estados Unidos (texto paralelo)
El notable impulso que presenta la lengua española
en Estados Unidos, fruto del creciente volumen de la población de origen
hispano y de su gradual relevancia económica y política, contrasta con la
aculturación lingüística que se observa en los jóvenes. En esta tendencia, que supone
la pérdida, más o menos completa, de la competencia en la lengua vernácula,
median diversos factores. La prevención hacia la pluralidad lingüística, los
temores (infundados) sobre el curso de la asimilación, las políticas
educativas, opuestas al fomento de otros idiomas, y los movimientos
"americanistas", que han hecho de esta cuestión su principal campo de
batalla, son los más tangibles. Pero también inciden, de modo tácito, las
imágenes y actitudes -internas y externas- en torno a las diversas lenguas y
sus comunidades de hablantes. En las siguientes páginas se examinan estos
elementos y se anotan algunos de los argumentos y dinámicas que contribuyen a
socavar la base social del español que se habla en Estados Unidos.
Diversidad
lingüística e inmigración
La cohabitación de distintas lenguas en un mismo
espacio, como es bien sabido, suele resultar -más veces que no- conflictiva.
Que el lenguaje sea el utensilio que media entre el hombre y el mundo -con el
que se otorga sentido y se lee la realidad circundante- y la lengua
una institución social de elevada carga emblemática convierten a ésta en un
instrumento -práctico y simbólico- de poder. La mezcla de lenguas se une al
desorden, a la fragmentación, al caos, y el mito de Babel, advertencia y
símbolo del castigo divino, así lo ejemplifica. De manera que si los procesos
de colonización y conquista o la coincidencia de comunidades distintas han
conllevado la imposición del habla del grupo dominante, el aumento de la
pluralidad lingüística se percibe, comúnmente, como una amenaza a la cohesión
social y, en general, a la esencia que conforma la identidad
nacional. De ahí que se preste fácilmente al uso maniqueo de los datos por
parte de conservadores y esencialistas, que tenderán a exacerbar los temores
difusos de la población. La dificultad práctica -administrativa, educativa,
etcétera- que conlleva la diversidad y el desorden cognitivo que suele
acompañarla -manifiesto en la incomodidad que suscita no entender lo que otros
hablan- aportan razones y motivos para la oposición más categórica.
La difusión de los datos del Censo 2000 de Estados
Unidos sobre usos lingüísticos y habilidad en la lengua inglesa suele suscitar,
así, una cascada de reportajes y declaraciones mediáticas que proyectan negros presagios
para la sociedad y la lengua dominante, cuando, ciertamente, que se hable otro
idioma en el ámbito doméstico no significa que se postergue el inglés
-tanto dentro como fuera- o que no se domine
suficientemente. Tales datos admiten, además, suficientes matizaciones. En
ningún momento se vinculan, por ejemplo, con otros hechos (año de llegada,
evolución de las lenguas vernáculas, etcétera) que ayuden a situar las cifras
en perspectiva y a sopesar, por tanto, su significado. Asimismo, sólo una comunidad
-la hispanohablante- va a ser citada expresa y reiteradamente y, por ende, sólo
sus miembros aparecen como fuente de la supuesta amenaza e, implícitamente,
como adversario a doblegar.
Y si bien es cierto que la diversidad lingüística
está aumentando, ello se debe, no tanto a un cambio de tendencia entre los
inmigrados a aprender el idioma -como algunos aducen-, sino a dos factores
demográficos que operan en conjunto. Esto es, el incremento de los flujos tras
un largo período de restricción, de un lado, y, de otro, las mayores tasas de
fertilidad entre la población foránea, efecto que se amplía debido a su edad
media, inferior a la estadunidense. De ahí que las proyecciones respecto a
ciertas lenguas minoritarias, y en particular la española, apunten a un aumento
significativo del volumen de hablantes en las dos próximas décadas (Crawford,
1996). Veamos pues, un poco más despacio, los datos referidos.
Decodificando cifras
Según el Censo 2000 de Estados Unidos, unos 47
millones -18% de los residentes de 5 años o más- hablan una lengua vernácula.
De ellos, algo más de la mitad (25.5 millones) dice tener, a su vez, un
completo dominio del inglés, mientras el resto (21 millones, 8% del total)
reconoce "alguna dificultad", categoría que resulta de una reagrupación
censal que polariza la distribución al equiparar los valores intermedios de la
escala con los negativos.2 Aun así, como muestra el cuadro 1, si se suman los bilingües a esa mayoría que sólo
habla inglés, es fácil advertir que la generalidad de la población (92%) es
totalmente diestra en ese idioma. Y aún queda algún margen para puntos
intermedios. De hecho, casi la mitad (10.3 millones) de los que manifiestan
carencias afirma hablarlo "bien", lo que supone que sólo 4 por ciento
de los registrados en total no se manejan bien (3%) con el idioma común o no lo
hablan (1.3%), datos similares a los de 1990. Lo cual no parece tan anómalo si
se considera el incremento sustancial de la inmigración en la pasada década,
que ha elevado la cifra de foráneos a 31 millones en el 2000 (11.1% de la población)
(cuadro 1) y el stock de población extranjera
-suma de inmigrantes y de nativos con uno o ambos progenitores foráneos- a más
de 56 millones -20% de la población, uno de cada cinco habitantes de Estados
Unidos- (Schmidley, 2001).
Articulo completo: https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1665-89062004000200005
Integrantes:
Correa
Ivanna
Márquez Anthony
Márquez Blaineidy
Varela Jesús
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